LAS NISES DE JERÓNIMO BERMÚDEZ (1)

En 1577 el impresor Francisco Sánchez publicó en Madrid las Primeras tragedias españolas de Antonio de Silva. Tras el nombre fingido, se ocultaba el verdadero autor, el fraile gallego Jerónimo Bermúdez, que aparece identificado en el soneto de Diego González Durán impreso al frente de la edición prínceps. El volumen contiene el texto de dos obras dramáticas: Nise Lastimosa y Nise Laureada. Ambas forman parte de un todo y ofrecen la textualización de la trágica historia de Inés de Castro, la amante del infante don Pedro de Portugal, asesinada en aras de la política del bien común y coronada, después de muerta, como reina del país lusitano.

La historia/leyenda portuguesa alimentó la creación de varias obras literarias en Portugal y en España (Castro de Antonio Ferreira, Reinar después de morir de Vélez de Guevara, entre otras). La anécdota fue utilizada por Bermúdez como referente de una fábula dramática en la que se ponen en tela de juicio ciertos valores dominantes de la concepción política de la época. Las dos piezas de Bermúdez forman parte del conjunto de tragedias que, durante la segunda mitad del siglo XVI, en el reinado de Felipe II, constituye un lugar de reflexión sobre el concepto de poder y su realización en la vida política.

Lo importante es que Bermúdez, en ellas, toma una posición clara y rotunda sobre ciertos comportamientos políticos. La anécdota de la bella Inés, muerta en la histórica leyenda por razones políticas, sirve de ejemplo puntual para condenar las intrigas palaciegas y las actitudes poco respetables de reyes arrastrados por la vida cortesana. Utiliza una cadena intertextual y la somete al discurso que gobernaba su propia visión del poder político. El resultado es un ejemplo de la manipulación que el autor hizo de la historia de Inés de Castro, para abordarla desde la óptica de la relatividad de la justicia, haciendo de ello una auténtica declaración de principios.

Rey Alfonso IV de Portugal, padre de Pedro I

Frente a la idea del rey sabio, reflejo en su época de la figura de Cristo, se alzan sucesivamente los dos monarcas de la historia, como anécdotas de la inoperante justicia del soberano. A través de ellos, se dramatiza el vacío de poder, y el abuso de poder. En los dos casos queda manifiesta la perversa actuación de unos monarcas que destruyen la paz interior, la suya y la del reino, por no haber ejercido de modo adecuado el poder delegado por Dios… o por el pueblo.

Pedro I de Portugal

Las dos tragedias de Jerónimo Bermúdez abren así una brecha en el edificio que alberga el concepto de rey piadoso, de monarca reverenciado, de soberano cuyas acciones están marcadas por la justicia y la equidad. Ambas obras, tan diferentes en su contenido, ofrecen la doble cara de una autoridad abandonada en manos de unos consejeros que actúan movidos por intereses superiores, y de un príncipe que se deja llevar por la furia y por la crueldad, arrastrado por intereses estrictamente personales, aunque sean comprensibles. Esta es la imagen del rey que dan las tragedias de Bermúdez, monarcas en la vía de la incompetencia o de la crueldad, que se apartan del camino del buen gobierno.



()1 Estos primeros textos sobre el autor, la obra y su sinopsis, están entresacados de diversos estudios del filólogo Alfredo Hermenegildo, entre los que hay que destacar: HERMENEGILDO, A. El tirano en escena. Tragedias del sigo XVI. Clásicos de Biblioteca Nueva, Madrid, 2002.