NUMANCIA, DE MIGUEL DE CERVANTES

Hay proyectos que uno tiene que montar con irrefrenable urgencia porque le va la vida en ello, porque siente que no puede pasar un instante más sin enfrentarse a ese material literario dramático que reclama, desde el papel, convertirse en materia escénica. Y hay otros proyectos, entre los que se incluye esta Numancia, que se eligen con la frialdad de lo que se debe hacer, y con los que, poco a poco, va surgiendo una relación personal que va madurando, y que pronto trasciende un primer atisbo de enamoramiento para constituirse en verdadero amor eterno.

La invitación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico para coproducir un espectáculo, requiere un momento de asueto, de calma, para elegir no sólo lo que podría ser un capricho artístico, entiéndase siempre desde nuestra trayectoria de coherencia y compromiso con el teatro prebarroco, sino en función del sentido que puede tener nuestra aportación en el marco de una colaboración con la gran institución pública para la defensa del repertorio antiguo español.

El cerco de Numancia, es un texto sobradamente conocido, y seguramente, tras sus entremeses, el más escenificado de don Miguel de Cervantes. Un texto imprescindible de un autor imprescindible, y sin embargo es uno de los grandes títulos que faltan por abordar en el ya amplio repertorio constituido en las ya más de tres décadas de historia de la CNTC.
Nosotros, especialistas en rescatar rarezas medievales y renacentistas, en esta ocasión nos arremangamos para indagar en torno al autor más famoso de las letras hispanas. Así, de un día para otro, pasamos de dialogar con dramaturgos casi desconocidos, a codearnos con Cervantes, que más que un autor, es un auténtico mito. ¡No se pueden imaginar la cantidad de llamadas que hemos recibido de compañeros teatreros y filólogos, e incluso del público amigo, explicándonos cómo hay que escenificar a Cervantes, y, por supuesto lo que se debe contar al abordar un texto tan conocido por todos como la Numancia!

Ante semejante punto de partida, nosotros sólo podemos ser fieles a nuestra manera de hacer, y trabajar con la rigurosidad que ha marcado nuestros veinte años de trayectoria como compañía. Debemos confiar en que no hay una sola manera de entender a nuestros grandes autores, reivindicando una libertad creadora que es imprescindible a la hora de enfrentarse al repertorio clásico. El reto en este caso es gigantesco, pero nuestra valentía es infinita.

Lo primero que nos llamó la atención al arrancar el proceso de documentación del proyecto, es ver cómo los acercamientos a la obra cervantina, se suelen hacer, habitualmente, desde una perspectiva ya predominantemente barroca. Nuestro punto de partida debía pasar por entender el material desde su contexto renacentista, interpretando sus características desde un cierto primitivismo escénico, que está todavía lejos del gran teatro del Siglo de Oro. El teatro de Cervantes es producto de su tiempo, un momento histórico en que el optimismo del primer Renacimiento ya ha cedido hueco al desengaño, que se manifiesta en una actitud irónica y rebelde, pero también teñida de melancolía.

Decía Luis Rosales, autor imprescindible a la hora de adentrarse en el cervantismo más humano y auténtico, que la crisis de la libertad es el eje del mundo cervantino, y el drama de nuestro tiempo. Desde esta perspectiva, toda la obra cervantina es un esfuerzo denodado para reedificar la libertad, poniendo al descubierto sus raíces.

Esta idea, que nos reconcilia con el sentido profundo del término libertad, tan denostado en estos tiempos de miserias políticas, nos ha guiado en nuestro camino hacia Numancia. Una libertad que no se puede alcanzar sin la renovación interior, que nos obliga a inventarnos a nosotros mismos porque es la hechura misma de la existencia humana. Libertad que sólo se puede alcanzar teniendo una vida auténtica, acotada en un marco ético y moral, y vivida en la imprescindible vigencia del espíritu de comunidad. El cerco de Numancia es ejemplo privilegiado de las teorías cervantinas de Luis Rosales sobre la apropiación de la libertad, que se articulan en dos vías diferentes: la libertad personal (que no individual) y la libertad social.

Hemos querido ir de la mano del poeta granadino para entender el sentido último, filosófico, de la función, como inspiración para convertir la letra de Cervantes en nueva materia escénica. Y sin embargo no hemos querido perder la referencia histórica que ubica la pieza en el contexto del teatro humanista del siglo XVI, junto a las obras de Bermúdez, Argensola, Virués… y el gusto por los grandes temas nacionales adaptados al canon grecolatino con el senequismo como referente, en este caso, para tratar un auténtico mito hispano, símbolo de la resistencia contra la opresión. Acercarse a la temática antigua, supone siempre realizar un gozoso viaje en el tiempo, no tanto para descubrir y desvelar las reminiscencias del pasado, como para debatir y determinar nuestra relación con dicho mundo, y ponerlo en relación con nuestro presente.

Si cada época ha estudiado la historia a la luz de su propia realidad, y la ha reescrito como parte de su propio presente, en este caso concreto, nos encontramos ante una gran estratigrafía arqueológica, que atraviesa la propia historia de España para desembocar en el porvenir, porque la historia nos da siempre lecciones, pero también nos revela posibilidades. 
Trabajar sobre la tragedia renacentista, supone hacer un ejercicio de abandono absoluto de nuestros referentes escénicos psicologistas, que nos arrastran ineludiblemente hacia el drama, hijo de nuestra sociedad burguesa contemporánea. Nuestro acercamiento a la Numancia pasa por entender la obra en esa característica construcción del género trágico, que fusiona la violencia con el debate verbal estilizado, enmarcada en las dualidades naturaleza / cultura, barbarie / civilización.  La embriaguez de los ritos dionisíacos, al servicio de la vida comunitaria reglada como acto de comunión imprescindible en la constitución de la convivencia democrática.

Nuestra propuesta tenía que tener, por tanto, algo de gran carnaval rural, heredero de los ritos que celebran la circular concepción de la existencia marcada según el ciclo agrario. Espiritualidad y política van de la mano en un universo donde los diferentes estratos históricos se dan la mano, y sustentan la delicada frontera entre los tiempos y las realidades humanas, en el que realizar nuestra propia libertad es siempre un acto de heroísmo.

Decía Alonso Zamora Vicente que, es necesario, al enfrentarse a Cervantes, lanzarse por caminos de ilusión y de curiosidad, en carne viva. Adentrarse en sus textos para saber quiénes somos, en contraste con las vidas de los demás.
Y en esas estamos a estas alturas del proceso, inmersos en este apasionante viaje escénico, creando una Numancia de cámara, caminando con pie firme, confiados siempre en las palabras de Luis Rosales, cuando nos indica que Cervantes nos ayuda a vivir, nos enseña a vivir.

Ana Zamora. Segovia, octubre 2021